Según el Censo de Población y Vivienda del INEGI, Ojinaga, Chihuahua, cuenta con 24,534 habitantes, de los cuales 9,867 son menores de 24 años lo que equivale al 40% de la población. Estos datos muestran una población de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que no debe estar en el olvido de las autoridades.
Ojinaga se distingue por su riqueza cultural. Es cuna de la música norteña. Su gastronomía, heredada de la vida ganadera y fronteriza, incluye platillos como el tradicional asado de puerco, un platillo muy popular en la región. Además, ofrece atractivos turísticos: el Río Bravo, el imponente Cañón de Pegüis y museos que preservan su legado revolucionario y mucho más.
No obstante, como muchas ciudades fronterizas, Ojinaga enfrenta situaciones complejas. El tráfico de drogas, la presencia de grupos delictivos y el alcoholismo son problemas que van en incremento por muchos factores. A esto se suma la marginación socioeconómica: según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), la falta de empleos formales impulsa la migración juvenil hacia Estados Unidos o grandes ciudades, debilitando el tejido social. La escasez de actividades recreativas, deportivas y culturales incrementa la vulnerabilidad de los jóvenes ante adicciones y la violencia.
Para transformar esta realidad, es necesario implementar políticas desde diversos ámbitos. Primero, reactivar espacios públicos abandonados (canchas, parques) para convertirlos en centros comunitarios seguros y funcionales, pero que además cuenten con seguridad. Segundo, promover programas deportivos gratuitos y talleres culturales (música norteña, arte urbano, etc.) que ofrezcan alternativas de desarrollo. Tercero, crear redes de apoyo juvenil con mentorías, becas y proyectos de emprendimiento local. Sin embargo, aunque diversas administraciones públicas tal vez ya lo han intentado, no ha sido suficiente.
Aunque en Ojinaga ya existen esfuerzos de colaboración con empresas, universidades y con Presidio, TX, es necesario ampliar y mejorar estos acuerdos para multiplicar su impacto en la comunidad y, sobre todo, en los jóvenes. Por ejemplo, las empresas locales no solo podrían patrocinar equipos deportivos, sino también financiar becas de capacitación en oficios técnicos vinculados a sus industrias, generando empleo juvenil. Las universidades, además de enviar estudiantes a proyectos comunitarios, podrían abrir sedes temporales para investigar problemáticas locales y proponer soluciones desde la ciencia. En la frontera, la cooperación con Presidio, Texas, debe ir más allá de eventos culturales: podría incluir campañas binacionales de prevención de adicciones o programas de empleo temporal. Gestionar, ampliar y mejorar estos convenios no solo da más herramientas y oportunidades a los jóvenes, les da la posibilidad de un mejor futuro.
Reconstruir el tejido social en Ojinaga requiere de oportunidades reales, no solo discursos o promesas mediáticas. Para ser un ejemplo de cambio, la responsabilidad no debe recaer únicamente en el gobierno: las familias, las escuelas y la comunidad deben hacer lo propio para ofrecer a los jóvenes espacios de esparcimiento y convivencia sana, lejos de lugares que fomentan vicios sin aportar valor a sus vidas. ¡Qué bien sería que hubiera cine, boliche, cafés juveniles y espacios donde se promueva el arte, el diálogo y el aprendizaje! Esto no solo entretiene, sino que deja una huella positiva en las juventudes. Es probable que al inicio no sean rentables económicamente, porque la mayoría no está acostumbrada a este tipo de espacios, pero sin duda alguna se necesita. Es cuestión de gestionar, fomentar e implementar.
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