En una casa muy antigua, construida en el centro de la ciudad de Chihuahua, vivía la familia Pérez: Juan, un hombre robusto de 45 años, trabajador responsable y honesto en una maquiladora local; su esposa, Carmen, una mujer de 44 años, dedicada al hogar y a la crianza de sus dos hijos, Miguel, de 10 años, y Jimena, de 7 años. La casa, ubicada en una colonia tranquila, parecía el lugar ideal para una vida familiar. Sin embargo, pronto descubrirían que aquel hogar tenía algo “especial”.
Los primeros días transcurrieron con normalidad. Las mañanas comenzaban con el aroma delicioso que el café genera y que reconforta hasta el alma, Carmen lo preparaba mientras los niños se alistaban para la escuela primaria, ubicada a pocas calles de la casa. Por las tardes, Daniel y Jimena hacían sus tareas en la mesa del comedor, mientras Juan llegaba cansado de su jornada laboral. Las noches eran para cenar en familia y ver algún programa de televisión antes de ir a dormir. Todo parecía normal, hasta que comenzaron a escucharse ruidos extraños.
Fue una tarde lluviosa y nublada, mientras veían un programa de televisión, cuando escucharon por primera vez unos pasos en el techo. Carmen, con voz tranquila, comentó: "Deben ser los gatos que siempre andan por los techos". Juan asintió, pero algo en su interior le decía que aquel sonido no era normal. Los días pasaron, y los pasos se hicieron más frecuentes, más intensos. Ya no solo se escuchaban en la azotea, sino dentro de la casa, como si alguien caminara por los pasillos en plena noche.
Una noche, mientras la familia cenaba, un ruido fuerte resonó en la cocina. Carmen se levantó asustada y encontró los platos y vasos desordenados, como si alguien lo hubiera hecho. Juan, incrédulo, revisó la cocina y el resto de la casa, pero no encontró nada ni a nadie. Los niños, asustados, se refugiaron en su habitación. A partir de ese momento, los fenómenos se intensificaron: puertas que se abrían solas, sombras que cruzaban los pasillos y susurros y ruidos extraños que parecían provenir de las paredes.
Desesperado, Juan decidió buscar ayuda. En la colonia vivía un anciano llamado Don Ignacio quién tenía fama de ser clarividente, conocido por ser un conocedor de la historia de Chihuahua, le comentó a Juan sobre la batalla de Chihuahua de 1866, cuando las tropas mexicanas al mando del Coronel Luis Terrazas enfrentaron a los franceses y conservadores en una lucha sangrienta y de muerte. Don Ignacio escuchó atentamente a Juan y, con voz clara, le dijo: "Su casa está construida sobre un campo de batalla. Muchos soldados murieron aquí, y sus almas aún deambulan, buscando algo que seguramente dejaron pendiente".
El anciano le aconsejó que, si los fenómenos continuaban, les preguntara qué querían y por qué estaban allí. Esa noche, Juan, con voz firme pero temblorosa, gritó: "¿Qué quieren? ¿Por qué están aquí?". La respuesta fue inmediata: los pasos se volvieron más fuertes, los objetos comenzaron a moverse solos, y un frío intenso se apoderó de la casa. Carmen y los niños, aterrados, se abrazaron en un rincón de la habitación de los padres. Juan sintió que algo invisible lo observaba, como si una presencia y llena de dolor lo rodeara.
Al día siguiente, la familia tomó una decisión: debían irse de esa casa. No podían seguir viviendo en un lugar donde el pasado estuviera presente. Empaquetaron sus pertenencias lo más rápido posible, evitaron hablar de lo ocurrido. Sin embargo, antes de irse, Juan miró hacia atrás por última vez. En una de las ventanas, vio o imagino la silueta de un hombre con uniforme militar, observándolos con ojos vacíos y de sufrimiento.
Se dice que, hasta el día de hoy, en aquella casa los pasos continúan escuchándose, y las sombras de los soldados aún deambulan por sus pasillos, buscando algo que nunca encontrarán. Y quienes pasan frente a la antigua vivienda juran escuchar “los pasos".
Autor: Moisés Alvarez Palacio
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